el 07-02-2009
Las dos crisis y Waterloo (por Mario Rapoport)
¿Será ésta la derrota final del capitalismo?
Una rápida recorrida por dos de las tres crisis más severas del capitalismo (las de 1929 y 1970) puede permitirnos visualizar sus parecidos y diferencias. Sería bueno hacerlo desde lo alto de una colina, observando, como hacía Napoleón en cada campo de batalla, los diferentes ejércitos enemigos con el fin de adivinar sus posibles estrategias.
Después de incontables victorias, Napoleón cayó derrotado finalmente en Waterloo y dicen que fue por un regimiento de retaguardia que no arribó a tiempo. Nuestro objetivo es distinto, no queremos examinar ejércitos sino crisis. Lo que está en juego son las distintas facetas de un modelo productivo y financiero en bancarrota y nuestro interés es el del saber si se está a tiempo de levantar ésta.
Desde las colinas del presente, los catalejos del análisis histórico quizás nos ayuden a distinguir mejor, comparando crisis anteriores, si los problemas son más o menos graves que antes, y a evaluar con mayor precisión si la batería de medidas que vienen de la retaguardia de los Estados para ayudar a los bancos y empresas en quiebra y corregir las deficiencias de los mercados pueden aún salvar el sistema.
En los años ’30 la depresión más profunda y prolongada del capitalismo se nutrió de fenómenos simultáneos. Por un lado, en Gran Bretaña las condiciones sobre las cuales se sustentaba el proceso de acumulación desde finales del siglo XIX se habían agotado, coincidiendo con la declinación de su poder financiero y comercial.
El resto de Europa se hallaba seriamente convulsionada, con profundos cambios que incluían la Revolución Rusa y el surgimiento del fascismo y del nazismo.
Por el contrario, los Estados Unidos, la potencia emergente, y después de la Primera Guerra Mundial el principal acreedor internacional, experimentaban transformaciones que revolucionaron los procesos productivos y la organización del trabajo.
La aparición y generalización de la cadena de montaje, emblema del llamado “fordismo”, permitía expandir la producción, creando la necesidad de mercados más amplios para colocar esos bienes masivos, tanto a nivel nacional como internacional.
Sin embargo, varios factores jugaban en contra de una demanda sostenida en el tiempo. En el orden externo las políticas proteccionistas. En el interno, la desigual distribución de los ingresos y el bajo nivel de los salarios en relación con su productividad.
Entre 1920 y 1929 la participación de los beneficios en el ingreso nacional aumentó un 45% mientras los salarios lo hicieron sólo un 13 por ciento. El consumo en masa encontró pronto sus límites. La oferta no creaba su propia demanda como lo suponían los señores Jean-Baptiste Say y Henry Ford. Por eso, el auge económico se iba a transformar en una crisis que ni economistas ni políticos de la época –los “felices” años ’20– previeron. Pero esto no aparecía en la superficie mientras funcionaba la rueda de la fortuna, la Bolsa de Valores.
Esa ilusión de crecimiento ilimitado que engendraba el fenómeno bursátil se materializó hacia 1928, con una formidable valorización de las acciones de empresas mediante artificios especulativos, ocultando los indicios de caída de la economía real. Los movimientos internacionales de capital atraídos por las altas ganancias incrementaron la inestabilidad.
A pesar de ello, las condiciones que habían disparado la especulación se agotaron y la burbuja explotó de manera súbita un jueves negro de octubre de 1929, al que siguió otro martes negro donde los valores de cerca de 13 millones de títulos se derrumbaron simultáneamente. No fue el final del crac sino el inicio de una depresión, superada recién con el esfuerzo bélico de la Segunda Guerra.
Por su parte, en la década de 1970 el auge de la posguerra había modificado el funcionamiento del sistema. Ése fue el caso de sucesivas innovaciones tecnológicas, con el consecuente incremento en la productividad; la mayor interrelación de las esferas comerciales, productivas y financieras, y la creciente participación económica del Estado. A ello se adicionaba el papel hegemónico asumido por Washington en el mundo capitalista y el ascenso de la competitividad de las economías europea y japonesa.
Pero el inicio de la crisis de los años ’70, se manifestó por la disminución de las tasas de ganancia, particularmente en los EE.UU. Aquí no jugó la Bolsa de Valores sino otro hecho decisivo, expresión de los rasgos particulares la nueva crisis: el colapso del orden monetario internacional.
Hasta entonces, la firmeza del dólar cimentada en la hegemonía económica, política y militar estadounidense, había hecho posible la estabilidad del sistema financiero impuesto en Bretton Woods para evitar otra depresión como la del ’30.
Sin embargo, a lo largo de los años ’60, por diferentes vías, los Estados Unidos vieron disminuir su supremacía productiva, monetaria y comercial frente a la acometida europea y japonesa que se reflejó en los ataques sobre su moneda.
Como expresión de este fenómeno la balanza de pagos del país del Norte se volvió crecientemente deficitaria y el total de su deuda en dólares comenzó a ser superior a las reservas de oro del Tesoro norteamericano.
Las consecuencias que esto trajo consigo fueron trascendentes. El debilitamiento de la divisa estadounidense; la desconfianza del resto de las naciones, especialmente de las industrializadas, en el dólar como medio de reserva y de pago internacional, y el desarrollo de un mercado libre de eurodólares que fomentó el flujo de capitales y el aumento de la liquidez internacional.
En agosto de 1971, precedido por el empeoramiento de la balanza de pagos estadounidense y por la salida de capitales, el presidente Nixon suspendió la convertibilidad del dólar, cuando anunció que su país dejaría de vender oro a otras economías.
Mediante esta decisión unilateral, los Estados Unidos no sólo abandonaban la obligación que se había autoimpuesto en Bretton Woods, sino también demolía uno de los soportes fundamentales del sistema monetario internacional de la posguerra: el patrón cambio oro que fue reemplazado por el patrón dólar.
La suba de los precios del petróleo, en 1973, completó el panorama y a partir de entonces se notó una pronunciada desaceleración de la economía mundial. Paradójicamente, para los EE.UU. la situación se tornó con el tiempo favorable. Disponía ahora de un patrón monetario propio, utilizando su poder emisor y los ahorros del mundo nominados en dólar para financiar sus necesidades internas y externas.
Si se miran más de cerca, ambas crisis representan dos fases de un mismo proceso, que inician y culminan una era. Tanto en una como en otra hay cambios tecnológicos, especulación, flujos irrestrictos de capitales y caída de las tasas de ganancia en la economía real. Pero se diferencian en sus características.
En 1929, el origen de la crisis estaba en el auge absurdo de la Bolsa de Valores y la recesión subsiguiente resultó acompañada de una severa deflación. En 1970 la causa radicó en la debilidad de la moneda clave y su forma de manifestarse fue el estancamiento con inflación (stanflación).
La crisis actual reúne ambas facetas y por ello es más temible: en su origen y desarrollo juegan tanto la quiebra bursátil y bancaria como la fragilidad del sistema monetario internacional, lo que hace más difícil un pronóstico.
¿Habrá un Waterloo del presente capitalismo? ¿Llevará tantos años como en los ’30 recuperar el sistema? Al menos la inquietud actual de Obama y de los principales responsables de la política y la economía mundiales deben parecerse a la de Napoléon sobre la colina en su última batalla, esperando el ejército de retaguardia.
Mario Rapoport
Economista e historiador
Investigador superior del Conicet
